La Nación Lola Arias: “Es algo bastante inédito que me hayan dado el premio a mí”
11/01/2026
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Ganadora del premio Ibsen, Lola Arias es autora de galardonadas obras documentales; desconocía la existencia de esta condecoración cuando le avisaron que era la elegida
PALMA DE MALLORCA. El Ibsen es el premio internacional de teatro más importante del mundo. Como un Nobel. Se entrega cada dos años el día del nacimiento del poeta y dramaturgo noruego Henrik Ibsen (20 de marzo) y recibirlo, además de prestigio y reconocimiento, significa embolsar una suma que supera los 200 mil euros. Entre los ganadores hay gente destacada, como el dramaturgo inglés Peter Brook (2008); el dramaturgo y escritor Jon Fosse (2010), Nobel de Literatura años después; y el austríaco Peter Handke (2014), entre otros ilustres. En 2009 fue por primera vez para una mujer, la francesa Ariane Mnouchkine, directora escénica y también directora del Teatro del Sol de París; y en 2022 lo recogió la compañía australiana Back Back Theatre, un conmovedor colectivo creado por personas que se identifican como neurodivergentes con capacidades diferentes. Lola Arias (Buenos Aires, 1976), última artista en recibirlo, confesó a LA NACION que no tenía idea de la existencia de esta condecoración cuando le avisaron que era la elegida. Pero el equipo de expertos del IIA (International Ibsen Award) que selecciona candidatos sí tenía idea de ella. Argentina, 48 años, mamá de Remo, de 13 años, y mujer del escritor y periodista Alan Pauls, Lola vive desde hace varios años en Berlín con toda su familia. Es la segunda mujer en ganarlo y la primera latinoamericana, además de una destacadísima figura dentro de la escena europea que acaba de ser nombrada Profesora Vitalicia de Embodiment en Teatro y Performance en la Universidad de Artes de Zurich, donde impartirá clases en el Master Interdisciplinario de Teatro. La eligieron entre 170 postulantes.La página del IIA, que en su portada actual tiene un gran retrato de la artista, la describe en estos términos: “Dramaturga, documentalista, escritora, música, actriz, directora y cineasta argentina, Lola Arias ha estado creando 25 años obras que cuestionan quién hace teatro y por qué. Al incorporar al proceso creativo e interpretativo de la obra a aquellos cuyas historias narra, plantea preguntas profundas sobre la propiedad, la capacidad de acción, la ética y la creación artística”.Su elocuencia sobria, cero grandilocuente, casi parca, disimula la potencia de la materia prima con la que crea puestas que no dejan a nadie indiferente. Son performances descarnadas no acerca de, como dice el IIA, sino con. Con los protagonistas de verdad, con los que pusieron el cuerpo y el alma. “Su teatro se centra en lo popular, lo silenciado, lo borrado y lo marginado”, precisan los noruegos que la premiaron. Ella define su métier como teatro documental aunque versátil, como demuestra ser, no escatima lenguajes: abarca teatro de danza, cuentos breves, cine, instalaciones, music hall, composiciones y poesía. Este variado menú, al que le suma horas y meses de estudios, archivos e investigación minuciosa, es básicamente el formato que usa para contar historias a través de los propios personajes que las vivieron. O las sufrieron. Falda plisada a la rodilla, borcegos y soquetes, luce adolescente, aunque cumplió a fin de año los 49. Participó en Mallorca de la VII Semana de la Dramaturgia con un taller de teatro documental y dos clases magistrales, a una de las cuales, en el Espai El Tub de Palma, asistió LA NACION. Parada previa al Festival de Otoño de Madrid, al que llegó al frente de toda su troupe para presentar a mediados de noviembre en Contemporánea Condeduque un díptico integrado por una película y su secuela, una obra sobre tablas, combo que nació de la experiencia de Lola Arias cuando impartió talleres de teatro y cine en la prisión de Ezeiza: Reas y Los días afuera.Presentada y aclamada mundialmente en la Berlinale a principios del año pasado y ganadora en San Sebastián del premio a Mejor Película LGTBI+, Reas es un documental musical filmado en la excárcel de Caseros, donde un grupo de mujeres cis y personas trans cuentan la vida en cautiverio a través del canto, el baile y el humor. Luego de Madrid el film saltó a Italia, donde estuvo presente en diciembre en las pantallas del Cinevasione Edu Film Festival en Bolonia, Italia.Con su presentación luego de la exhibición de Reas, Los días afuera y su equipo de quince personas, puso punto final a una gira por 26 ciudades europeas. En formato documental, traslada la acción a la calle y refleja qué fue de ese grupo cuando, cumplida la condena, cada uno trata de rehacer su vida enfrentando las dificultades y los prejuicios que sus antecedentes penales los hacen sortear. “No quise hacer un drama carcelario -explica la autora y directora-, sino centrarme en los lazos de amor, solidaridad y comunidad entre mujeres cis y personas trans que vivieron la violencia y el confinamiento, pero aun así permanecen unidas para encontrar un futuro. Los personajes reviven su vida como ficción e inventan, a través de la fantasía y la imaginación, un futuro posible”.-¿Por qué elegiste documentar realidades tan duras?-Si uno trabaja con lo real, con las historias reales y las vidas de las personas, es muy difícil no entrar en zonas de dolor, trauma, problemáticas que son muy difíciles de elaborar. Creo que las personas que hacen documentales, tarde o temprano terminan abordando los problemas de la memoria, del trauma, del dolor, de la historia y también los problemas sociales y políticos que nos atraviesan. No es que elijo trabajar en las obras pensando ahora voy a buscar algo más traumático, digamos. No lo pienso así.-¿Cómo lo hacés? -Mirá, lo particular de mi trabajo es que se enfoca en historias como la guerra, o la cárcel, o la dictadura, en las cuales las personas que se involucran tienen una posición muy activa y muy empoderada, lo que aporta mucha fuerza. Pero además hay humor, hay música a veces. No hay morbo. No se trata de volver a poner a la persona en una situación de dolor, de retraumatización, de volver atrás para exponerse como víctimas de ese pasado, sino más bien todo lo contrario. Hay mucha fuerza y mucha esperanza en estas obras.-Cómo artista, como documentalista, ¿qué querés transmitir?-No se trata solamente de dar voz o dar lugar a historias que no tienen quizás una visibilidad tan grande. Se trata de transformar esas historias. Que el arte obre una transformación en esas personas. En sus vidas y también en las de los espectadores. Si bien en sus comienzos hacía ficción, lentamente, como dice la propia Lola, la no-ficción se fue infiltrando y los vericuetos de su propia historia la fueron llevando hacia un trabajo más conceptual y deliberado. Así nació Mi vida después (2009), una obra donde seis nacidos entre 1976, año de nacimiento de la propia Lola, y el 83, reconstruyen la vida de sus padres a partir de archivos personales: fotos, cartas, documentos, reconstrucciones, memorias perdidas… Es una pieza intensa, fuerte y muy honesta, donde no solo participan hijos de desaparecidos, sino también hijos de represores de la época. A raíz de esta puesta le encargaron El año en que nací (2012), donde trabajó con nueve chilenos nacidos durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Podría haber seguido con otras dictaduras latinoamericanas, de hecho, se lo pedían con frecuencia, pero decidió entregar la idea como una suerte de franquicia y seguir libre por su camino. Quería hacer otras cosas.Siempre fiel a sus líneas directrices, es decir yendo al hueso, sin morbo y con gran honestidad, crecieron la performance Campo minado (2016), y el film documental Teatro de Guerra (2018), el desolador testimonio de veteranos británicos y argentinos de la Guerra de Malvinas. Un espectáculo estremecedor y luminoso a la vez, tanto que se vuelve difícil contarlo. Hay que verlo y sentirlo. Aquí, como en Mi vida después, no hay bandos definidos ni ideologías, son personas, víctimas, seres en busca de un sentido. Hijos de perpetradores, descendientes de desaparecidos, soldados argentinos, excombatientes ingleses, todos envueltos con los recuerdos de antaño, desenterrando recuerdos y releyendo viejas cartas, fotografías proyectadas en la pared, secretos nunca dichos y verdades a medias. Sin embargo, ahí están todos juntos, mirándose a los ojos, sin juicios, escuchando sus voces, tratando de enfrentar el presente y de comprender el pasado. Tratando de dar vida a la vida para que haya un futuro.-Naciste en un año muy significativo como es el 76, cuando empezó un proceso muy trágico para la Argentina…-Bueno, de eso trata Mi vida después. Es una obra que cuenta historias de mi generación. Hice también una obra sobre mi propia historia que se llama Melancolía y manifestaciones. Cuento la época a través del relato de mi madre y de cómo ella lo vivió… Era profesora de Literatura en la Universidad y cuando la despidieron entró en una gran depresión. Su hermano estaba exiliado por razones políticas. Todo a mi alrededor, el ambiente de mi familia, las personas que me rodeaban estuvieron afectadas por lo que sucedía.-Cómo te marcó revivir esos tiempos?-Para todos los que nacimos en esos años, la dictadura representa una marca imborrable. Pero en mi caso particular, comparado con las historias de otros de mi generación, no fue tan brutal como las historias que cuentan los personajes de Mi vida después. De hecho, toda esa trilogía (Mi vida después, El año en que nací y Melancolía y manifestaciones) habla justamente de esa relación compleja de haber nacido en época de dictadura y cómo eso determina tu identidad, quién sos, cómo te contaron la historia, las verdades y las mentiras que te contaron para sobrevivir...-Es una generación que no solo vivió la dictadura, sino también Malvinas, la híper, el menemismo, el 2001 y demás… ¿Hay patrones comunes?-No sé si me animaría a dar una especie de panorama general de mi generación. Pero sí creo, y esto lo vi cuando trabajé con gente de mi generación en la reconstrucción de la historia de sus padres, es que hay una fuerte necesidad por reconstruir la historia para entender lo que pasó desde adentro de la propia familia.-Es materia prima en carne viva. ¿Cómo manejas emocionalmente esos procesos tan intensos?-Cada obra es como meterse en un mundo desconocido. Las que hice sobre la dictadura eran lo más cercano a mí y trabajaba sobre mi generación y mi propia historia. Pero luego me metí en el mundo de Malvinas, y ese mundo ya no era tan cercano. Como tampoco lo es el de Los días afuera. Cada una es una inmersión en historias de personas que han atravesado situaciones muy dolorosas, traumas terribles. Y eso te cambia como persona, no solo porque entrás en contacto con otras realidades, sino también porque sentís una responsabilidad muy grande con esas personas por haberlas traído al mundo del arte y por haberlas invitado a participar de una obra donde van a trabajar sobre la propia historia.-¿Cómo es esa experiencia? -A veces es una experiencia increíblemente hermosa, enriquecedora y en la que recibo mucho amor, pero a veces es bastante pesada. Es como que vas expandiendo tu familia. Y a veces pienso: yo trabajé a lo largo de todos estos años como con 150 personas que me contaron su vida, que compartieron cosas que quizás no le contaron a nadie, que confiaron en mí de una manera muy radical para subirse a un escenario y decir cosas que por ahí eran muy dolorosas o difíciles de decir. Y es ahí que sentís que esas personas están ligadas emocionalmente con vos para siempre.-Te han abierto el alma y el corazón…-Me han dejado entrar en su vida y en cuestiones muy delicadas de su propia historia y sus memorias. Pero a veces es difícil preservar mi propio espacio, no dejarme tomar por esas experiencias, no sentirme responsable de todo lo que les pase en la vida porque hicieron una obra conmigo. Esto es lo que veo más difícil.-¿Pasa siempre? -Me pasa en todas las obras. Me comprometo, me importan, me interesa lo que vivieron. Y trato de ayudarlas en todo lo que sea posible para que sus vidas no solo sean representadas y oídas, sino que también se transformen a partir del trabajo artístico. Pero no siempre se puede.-¿Y se transforman?-Cada obra crea comunidades de gente que realmente cambia su vida a partir de la obra. Entran en contacto con otras realidades, con otras personas, aprenden formas de trabajar, de vivir. Cambian su manera de ser. Tampoco es que sea un milagro. pero la transformación se produce. -¿Ejemplos? -Hay muchos, muchísimos. Podría hablar de Marcelo Vallejo, que era un combatiente de Malvinas que nunca había podido ni siquiera escuchar hablar en inglés después de la guerra, tenía un bloqueo con todo lo inglés. Hizo una obra con ingleses, aprendió inglés, se fue a Inglaterra a contar su historia, se encontró con un gurka… Él siempre decía: “Cuando vea un gurka lo voy a matar porque son asesinos”. Cambió totalmente su manera de relacionarse con ese pasado que para él era muy doloroso y traumático. Pensá que tuvo un intento de suicidio después de la guerra. Pero nunca había tenido oportunidad de conectarse con esas emociones o con las historias de sus antiguos enemigos. Y a través de la obra eso cambió completamente y su vida también. Pudo reconstruir ese pasado y entender el dolor del otro sin perder su posición política, porque él sigue reclamando la soberanía de las islas. Eso le permitió evolucionar. Marcelo, de hecho, después de la obra escribió un libro, hace militancia, va a hablar a las escuelas… Es una persona que hoy puede reflexionar, escribir y tener una posición también artística en relación a su propia historia. El CV de Lola Arias dice que estudió Literatura en la UBA, dramaturgia en la Escuela de Artes Dramáticas de Buenos Aires y un Laboratorio de Filmación en la Di Tella; también hizo residencias sobre dramaturgia en el Royal Court de Londres y en la Casa de América, en Madrid. Desde 2007, cuando abraza de lleno el teatro documental, despliega una gran fecundidad creativa con más de doce obras, casi siempre en colaboración con personas que han vivido los acontecimientos y experiencias sociales o históricas sobre las que ella pone el ojo.A la ya mencionada Mi vida después (2009), siguieron otras piezas que reflejan realidades de otros horizontes. En 2013, por ejemplo, puso en el Stadttheater de Bremen, en Alemania, El arte de ganar dinero, protagonizada por mendigos, prostitutas y músicos que comparten historias, mitos y problemas de la falta de vivienda. Dos años más tarde y en el mismo teatro, El arte de llegar reflexiona sobre cómo comenzar una nueva vida en otro país, a partir del ejemplo de los niños búlgaros que emigraron a Europa Occidental.Actualmente prepara una obra de teatro nueva que se estrenará el 14 de marzo en el Teatro Basel, en Suiza, que se llama El rapto de Lucrecia, una audición, a partir de un poema de Shakespeare. ¿El tema? La violencia sexual. Un grupo de actores tratará de reconstruir el poema, pero mezclado también con historias reales de personas que han sufrido este tipo de agresiones. A fines del año pasado se pudo ver en Instagram una convocatoria en inglés especialmente dedicada a gente que viva en Suiza o en Alemania, con inglés y alemán fluido, y que hayan sufrido una experiencia de violencia sexual y que le gustaría compartirla en una performance teatral.-Trabaja también con materia europea y debe haber muchas historias.-Muchas. En Alemania trabajé con un arqueólogo sirio que estaba sin papeles. Le habían negado el asilo cuando le hicieron la entrevista que le hacen a los que solicitan. Había llegado durante la revolución en Siria. Hicimos una obra -Lo que quieren oír (2018)- reconstruyendo la historia de su proceso de asilo, contando exactamente los materiales y los documentos de su entrevista de asilo. La pusimos en escena con actores alemanes y sirios. Esa obra cambió su vida completamente. Porque vieron la obra personas de la política y de la universidad y de muchos otros lugares. Y él, un chico de 28 años, sin poder estudiar ni trabajar, en un limbo burocrático porque no tenía el permiso de asilo en Alemania, que no podía hacer nada, a partir de la obra le dieron un lugar en la universidad -él es arqueólogo-, se transformó en documentalista y ahora hace documentales. Le dieron una beca, tiene sus papeles, otra vida… Ahí te das cuenta de que a veces hacer pública la historia y llevar esa realidad a las personas adecuadas puede ayudar a que esa persona encuentre el camino. -¿Cómo se adaptaron a vivir en Alemania?-Mi hijo va a una escuela bilingüe castellano-alemana. Y en cuanto a la adaptación, sí y no. Pero sigo en contacto con mi país, es mi lugar de referencia. Digamos, siempre me voy a sentir un poco extranjera y un poco, eh, de otro planeta, pero a la vez sí, Alemania me dio muchas cosas.-¿Qué te decidió a radicarte en ese país? -Desde 2010 empecé a trabajar en Alemania haciendo obras porque me invitaban a hacer proyectos. En realidad, 2009 creo que fue la primera obra que hice. Y empecé a venir a distintos teatros a trabajar y las posibilidades que me daban las instituciones alemanas de hacer mi trabajo no las encontraba en la Argentina. No solo financiación, sino también acompañamiento en procesos que son muy largos. Hay que contratar a personas, responsabilizarse de ellas, acompañarlas, meterse con instituciones, tomar seguros, etc.-Contame un poco esa logística…-Por ejemplo, el trabajo que hice acá, que se llama FutureLand, con menores no acompañados. Es un proceso muy largo donde un teatro tenía que apoyarme para que yo consiguiera el permiso para entrar allí, que confiara en mí porque tenía una institución detrás, etc. A veces, cuando sos un artista solo, es muy difícil que te abran las puertas. A mí me apoya mucho el Teatro Gorki, donde trabajé en los últimos 11 años en Berlín. Me ayudaron en todo para llevar adelante los proyectos: conectarme con instituciones, convencer a gente para implicarse en los proyectos y todo lo que sea solucionar las necesidades para hacer la obra. Entonces estar instalada acá es una mezcla de recursos y apoyo no solo financiero, sino logístico y también de entender el tipo de proyecto que hago y apoyarlo dentro de la escena berlinesa. Berlín tiene un nivel increíble. Hay cinco teatros estatales que presentan obras de artistas increíbles. Se dice que es la ciudad de los artistas. Y eso también te inspira a producir más y pensar otras cosas.-¿Qué significó ganar el Ibsen? -Me llegó en un momento que estaba haciendo la obra más difícil de mi carrera, que es Los días afuera. Estaba en una situación bastante complicada porque no tenía los recursos que necesitaba. El teatro estatal en la Argentina había dicho que iba a producir la obra, pero había sido electo recientemente Milei y los recursos del teatro estatal eran muy pocos para el presupuesto que necesitábamos. El premio me dio mucha fuerza y certeza: “Bueno, estoy haciendo lo correcto”. Además, facilitó conseguir coproductores que pusieron dinero para hacer la obra en la Argentina. Fue una coproducción con veintidós países europeos. Y también el Ibsen me dio seguridad: “Bueno, si todo sale mal, tengo la plata del premio”. -Sos la segunda mujer en el mundo y la primera en América Latina en ganarlo, no es algo menor…-Obviamente, pienso también que el premio está cambiando y se está abriendo a un horizonte más amplio. Pero sí, es algo bastante inédito que me lo hayan dado a mí, no solo por ser mujer latinoamericana, sino por ser una artista que trabaja en documental, que no es lo que normalmente se premia. Es un reconocimiento a una forma artística que es el trabajo del teatro documental. Hoy, tanto en el cine como en el teatro y el arte en general, se trabaja en una zona límite entre la realidad y la ficción. Lo veo en los festivales de cine. Nos invitaron con Reas y siempre aparece la misma pregunta: ¿Es documental, es ficción? Pero lo mejor es que ya no importa. Lo que importa es el valor artístico de la obra en sí, más allá de si es documental o es ficcional.
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